El 20 de noviembre de 1845 ocurrió en las barrancas de San Pedro, actual provincia de Buenos Aires, una de las batallas navales más memorables y significativas de la historia argentina que enfrentó a las dos potencias militares de la época, Francia e Inglaterra, contra la Confederación Argentina gobernada por el brigadier general Juan Manuel de Rosas.

La flota anglo-francesa pretendía comerciar con el litoral sin tributarle al gobierno central de Buenos Aires ni reconocer a Rosas como autoridad regional. El gobernador bonaerense, por su parte, buscaba templar el carácter nacionalista de los habitantes del país frente a la soberbia de las potencias extranjeras y a la oposición unitaria. Si bien en lo inmediato el resultado de la contienda fue favorable a Francia e Inglaterra, ya que consiguieron romper el cerco y seguir navegando hacia el norte por el Paraná, se trató de una victoria pírrica por los altísimos costos materiales que les demandó la campaña, en cambio la figura de Rosas y la Confederación Argentina se vieron engrandecidas en toda América e incluso en Europa por los relatos del heroico desempeño de los soldados argentinos, que repelieron el desembarco de los invasores en las costas de San Pedro en condiciones adversas, durante más de ocho horas de combates.

El choque militar, desarrollado en el estrecho recodo de 700 metros de ancho entre ambas márgenes del río Paraná, denominado Vuelta de Obligado, tuvo características épicas y dejaron un saldo de casi trescientos argentinos muertos, principalmente gauchos, marineros y soldados de infantería, frente a solo 26 caídos entre las filas de los invasores. Sin embargo, y pese a que lo intentaron en varias oportunidades, las tropas anglo-francesas no pudieron hacer pie y establecer el dominio en las costas paranaenses donde se sucedieron los combates, como lo habían planificado, y debieron seguir remontando el Paraná, sin poder desembarcar.

El militar argentino que estuvo al mando de las tropas defensoras fue Lucio Norberto Mansilla, padre del escritor Lucio V. Mansilla, quien desde agosto de aquel año venía preparando las defensas estableciendo barreras de artillería en las costa.

La flota anglo-francesa se componía de 22 barcos de guerra, 92 buques mercantes, 418 cañones y 880 soldados. Del lado argentino, solo había seis barcos mercantes, 60 cañones y tres gruesas cadenas de hierro tendidas de costa a costa sobre 24 lanchones para impedir el paso de la flota; pero además, la Confederación contaba con casi un millar de gauchos dispuestos a entregar la vida con tal no ver jamás flamear las banderas del enemigo sobre el territorio nacional.

«¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis!», gritó Mansilla cuando la flota anglo-francesa se acercaba al recodo. «Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables, aquí no lo serán! Tremole (levanten) el pabellón azul y blanco y muramos todos antes que verlo bajar de donde flamea».

La resistencia nacional a las invasión de las superpotencias fue de tal magnitud que rápidamente se conoció en todo el mundo y llegó a hasta los oídos de José de San Martín, quien desde hacía poco más de una década vivía en Francia y ya había apoyado previamente a Rosas durante el bloqueo francés (1838-1840).

“! Qué inequidad!», le dijo San Martín a su amigo Tomás Guido. «De todos modos los interventores habrán visto por esta muestra que los argentinos son empanadas que se comen de un solo bocado». Para San Martín, en ese entonces, había que convencerse del «deshonor que recaerá en nuestra patria si las naciones europeas triunfan en esta contienda»; que, en su opinión, resultaba «de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España».

En honor a aquélla resistencia heroica frente a las dos potencias navales de la época es que se celebra el Día de la Soberanía Nacional.